Hola! mi primer recomendación literaria no podía ser menos que el maravilloso libro de Los juegos hambre de Suzanne Collins.
Katniss es una joven con 16 años que vive con su madre y su hermana menor en el distrito más pobre de Panem, lo que queda de los antiguos Estados Unidos. Hace mucho tiempo, los distritos desafiaron a la capital, Capitolio, y perdieron la guerra. Parte de los términos de la rendición es que cada distrito debe enviar a un chico y a una chica a un evento televisivo anual llamado Los Juegos del Hambre. El terreno, las reglas y el nivel de participación de la audiencia pueden variar de una edición de los Juegos a otra, pero hay una constante: matar o morir. Cuando su hermanita es elegida por sorteo, Katniss toma su lugar.Editorial: Del Nuevo Extremo
Páginas:400
Primer capitulo:
Cuando me despierto, el otro lado de la camaestá frío. Estiro los dedos buscando el calor dePrim, pero no encuentro más que la basta fundade lona del colchón. Seguro que ha tenido pesadillasy se ha metido en la cama de nuestra madre;claro que sí, porque es el día de la cosecha.Me apoyo en un codo y me levanto un poco;en el dormitorio entra algo de luz, así que puedoverlas. Mi hermana pequeña, Prim, acurrucada asu lado, protegida por el cuerpo de mi madre,las dos con las mejillas pegadas. Mi madre parecemás joven cuando duerme; agotada, aunqueno tan machacada. La cara de Prim es tan frescacomo una gota de agua, tan encantadora como laprímula que le da nombre. Mi madre también fuemuy guapa hace tiempo, o eso me han dicho.Sentado sobre las rodillas de Prim, para protegerla,está el gato más feo del mundo: hocicoaplastado, media oreja arrancada y ojos del colorde un calabacín podrido. Prim le puso Buttercupporque, según ella, su pelaje amarillo embarradotenía el mismo tono de aquella fl or, el ranúnculo.El gato me odia o, al menos, no confía en mí.Aunque han pasado ya algunos años, creo que todavíarecuerda que intenté ahogarlo en un cubocuando Prim lo trajo a casa; era un gatito escuálido,con la tripa hinchada por las lombrices ylleno de pulgas. Lo último que yo necesitaba eraotra boca que alimentar, pero mi hermana me suplicómucho, e incluso lloró para que le dejasequedárselo. Al fi nal la cosa salió bien: mi madrele libró de los parásitos, y ahora es un cazador deratones nato; a veces, hasta caza alguna rata.Como de vez en cuando le echo las entrañasde las presas, ha dejado de bufarme.Entrañas y nada de bufi dos: no habrá más cariñoque ése entre nosotros.Me bajo de la cama y me pongo las botas decazar; la piel fi na y suave se ha adaptado a mispies. Me pongo también los pantalones y una camisa,meto mi larga trenza oscura en una gorray tomo la bolsa que utilizo para guardar todo loque recojo. En la mesa, bajo un cuenco de maderaque sirve para protegerlo de ratas y gatos hambrientos,encuentro un perfecto quesito de cabraenvuelto en hojas de albahaca. Es un regalo dePrim para el día de la cosecha; cuando salgo melo meto con cuidado en el bolsillo.Nuestra parte del Distrito 12, a la que solemosllamar la Veta, está siempre llena a estas horasde mineros del carbón que se dirigen al turnode mañana. Hombres y mujeres de hombros caídosy nudillos hinchados, muchos de los cualesya ni siquiera intentan limpiarse el polvo de carbónde las uñas rotas y las arrugas de sus rostroshundidos. Sin embargo, hoy las calles manchadasde carboncillo están vacías y las contraventanasde las achaparradas casas grises permanecen cerradas.La cosecha no empieza hasta las dos, asíque todos prefi eren dormir hasta entonces... sipueden.Nuestra casa está casi al fi nal de la Veta, sólo tengoque dejar atrás unas cuantas puertas para llegar alcampo desastrado al que llaman la Pradera. Lo quesepara la Pradera de los bosques y, de hecho, lo querodea todo el Distrito 12, es una alta alambradametálica rematada con bucles de alambre de espino.En teoría, se supone que está electrifi cadalas veinticuatro horas para disuadir a los depredadoresque viven en los bosques y antes recorríannuestras calles (jaurías de perros salvajes, pumassolitarios y osos).En realidad, como, con suerte, sólo tenemosdos o tres horas de electricidad por la noche, nosuele ser peligroso tocarla. Aun así, siempre metomo un instante para escuchar con atención,por si oigo el zumbido que indica que la vallaestá cargada. En este momento está tan silenciosacomo una piedra. Me escondo detrás de un grupode arbustos, me tumbo boca abajo y me arrastropor debajo de la tira de sesenta centímetros quelleva suelta varios años. La alambrada tiene otrospuntos débiles, pero éste está tan cerca de casaque casi siempre entro en el bosque por aquí.En cuanto estoy entre los árboles, recuperoun arco y un carcaj de fl echas que tenía escondidosen un tronco hueco. Esté o no electrifi cada,la alambrada ha conseguido mantener a losdevoradores de hombres fuera del Distrito 12.Dentro de los bosques, los animales deambulana sus anchas y existen otros peligros, como lasserpientes venenosas, los animales rabiosos y lafalta de senderos que seguir. Pero también hay comida,si sabes cómo encontrarla. Mi padre lo sabíay me había enseñado unas cuantas cosas antesde volar en pedazos en la explosión de una mina.No quedó nada de él que pudiéramos enterrar.Yo tenía once años; cinco años después, muchasnoches me sigo despertando gritándole que corra.Aunque entrar en los bosques es ilegal y lacaza furtiva tiene el peor de los castigos, habríamás gente que se arriesgaría si tuviera armas. Elproblema es que hay pocos lo bastante valientespara aventurarse armados con un cuchillo. Miarco es una rareza que fabricó mi padre, juntocon otros similares que guardo bien escondidosen el bosque, envueltos con cuidado en fundasimpermeables.Mi padre podría haber ganado bastante dinerovendiéndolos, pero, de haberlo descubierto losfuncionarios del Gobierno, lo habrían ejecutadoen público por incitar a la rebelión.Casi todos los agentes de la paz hacen la vistagorda con los pocos que cazamos, ya que estántan necesitados de carne fresca como los demás.De hecho, están entre nuestros mejores clientes.Sin embargo, nunca permitirían que alguien armasea la Veta.En otoño, unas cuantas almas valientes seinternan en los bosques para recoger manzanas,aunque sin perder de vista la Pradera, siempre lobastante cerca para volver corriendo a la seguridaddel Distrito 12 si surgen problemas.El Distrito 12, donde puedes morirte dehambre sin poner en peligro tu seguridad murmuro;después miro a mi alrededor rápidamenteporque, incluso aquí, en medio de ninguna parte,me preocupa que alguien me escuche.Cuando era más joven, mataba a mi madre delsusto con las cosas que decía sobre el Distrito 12y la gente que gobierna nuestro país, Panem, desdeesa lejana ciudad llamada el Capitolio. Al fi nalcomprendí que aquello sólo podía causarnos másproblemas, así que aprendí a morderme la lenguay ponerme una máscara de indiferencia para quenadie pudiese averiguar lo que estaba pensando.Trabajo en silencio en clase; hago comentarioseducados y superfi ciales en el mercado público; yme limito a las conversaciones comerciales en elQuemador, que es el mercado negro donde ganocasi todo mi dinero. Incluso en casa, donde soymenos simpática, evito entrar en temas espinosos,como la cosecha, los racionamientos de comida olos Juegos del Hambre.Quizás a Prim se le ocurriera repetir mis palabrasy ¿qué sería de nosotras entonces?En los bosques me espera la única persona conla que puedo ser yo misma: Gale. Noto que se merelajan los músculos de la cara, que se me acelerael paso mientras subo por las colinas hasta nuestrolugar de encuentro, un saliente rocoso convistas al valle.Un matorral de arbustos de bayas lo protegede ojos curiosos.Verlo allí, esperándome, me hace sonreír;nunca sonrío, salvo en los bosques.Hola, Catnip me saluda Gale.En realidad me llamo Katniss, como la fl oracuática a la que llaman saeta, pero, cuando selo dije por primera vez, mi voz no era más queun susurro, así que creyó que le decía Catnip, lamenta de gato. Después, cuando un lince locoempezó a seguirme por los bosques en busca desobras, se convirtió en mi nombre ofi cial. Al fi -nal tuve que matar al lince porque asustaba a laspresas, aunque era tan buena compañía que casime dio pena.Por otro lado, me pagaron bien por su piel.Mira lo que he cazado.Gale sostiene en alto una hogaza de pan conuna fl echa clavada en el centro, y yo me río. Espan de verdad, de panadería, y no las barras planasy densas que hacemos con nuestras racionesde cereales. Lo cojo, saco la fl echa y me llevo elagujero de la corteza a la nariz para aspirar unafragancia que me hace la boca agua. El pan buenocomo éste es para ocasiones especiales.Ummm, todavía está caliente digo. Debede haber ido a la panadería al despuntar el albapara cambiarlo por otra cosa.¿Qué te ha costado?Sólo una ardilla. Creo que el anciano estabaun poco sentimental esta mañana. Hasta me deseóbuena suerte.Bueno, todos nos sentimos un poco másunidos hoy, ¿no? comento, sin molestarme enponer los ojos en blanco. Prim nos ha dejadoun queso digo, sacándolo.Gracias, Prim exclama Gale, alegrándosecon el regalo.Nos daremos un verdadero festín. De repente,se pone a imitar el acento del Capitolio ylos ademanes de Effi e Trinket, la mujer optimistahasta la demencia que viene una vez al año paraleer los nombres de la cosecha. ¡Casi se me olvida!¡Felices Juegos del Hambre! Recoge unascuantas moras de los arbustos que nos rodean.Y que la suerte... empieza, lanzándome unamora. La cojo con la boca y rompo la delicadapiel con los dientes; la dulce acidez del fruto meestalla en la lengua.¡... esté siempre, siempre de vuestra parte!concluyo, con el mismo brío.Tenemos que bromear sobre el tema, porquela alternativa es morirse de miedo. Además, elacento del Capitolio es tan afectado que casi todosuena gracioso con él.Observo a Gale sacar el cuchillo y cortar el pan;podría ser mi hermano: pelo negro liso, piel aceitunada,incluso tenemos los mismos ojos grises.Pero no somos familia, al menos, no cercana.Casi todos los que trabajan en las minas tienenun aspecto similar, como nosotros.Por eso mi madre y Prim, con su cabello rubioy sus ojos azules, siempre parecen fuera de lugar;porque lo están. Mis abuelos maternos formabanparte de la pequeña clase de comerciantes que sirvea los funcionarios, los agentes de la paz y algúnque otro cliente de la Veta. Tenían una botica enla parte más elegante del Distrito 12; como casinadie puede permitirse pagar un médico, los boticariosson nuestros sanadores. Mi padre conocióa mi madre gracias a que, cuando iba de caza,a veces recogía hierbas medicinales y se las vendíaa la botica para que fabricaran sus remedios. Mimadre tuvo que enamorarse de verdad para abandonarsu hogar y meterse en la Veta. Es lo queintento recordar cuando sólo veo en ella a unamujer que se quedó sentada, vacía e inaccesiblemientras sus hijas se convertían en piel y huesos.Intento perdonarla por mi padre, pero, para sersincera, no soy de las que perdonan.Gale unta el suave queso de cabra en las rebanadasde pan y coloca con cuidado una hoja dealbahaca en cada una, mientras yo recojo bayasde los arbustos. Nos acomodamos en un rincónde las rocas en el que nadie puede vernos, aunquetenemos una vista muy clara del valle, que está rebosantede vida estival: verduras por recoger, raícespor escarbar y peces irisados a la luz del sol.El día tiene un aspecto glorioso, de cielo azul ybrisa fresca; la comida es estupenda, el pan calienteabsorbe el queso y las bayas nos estallan enla boca. Todo sería perfecto si realmente fuese undía de fi esta, si este día libre consistiese en vagarpor las montañas con Gale para cazar la cena deesta noche. Sin embargo, tendremos que estar enla plaza a las dos en punto para el sorteo de losnombres.¿Sabes qué? Podríamos hacerlo dijo Galeen voz baja.¿El qué?Dejar el distrito, huir y vivir en el bosque.Tú y yo podríamos hacerlo. No sé cómo responder,la idea es demasiado absurda. Si no tuviésemostantos niños añadió él rápidamente.No son nuestros niños, claro, pero para el casoes lo mismo.Los dos hermanos pequeños de Gale y su hermana,y Prim.Nuestras madres también podrían entrar en ellote, porque ¿cómo iban a sobrevivir sin nosotros?¿Quién alimentaría esas bocas que siemprepiden más? Aunque los dos cazamos todos losdías, alguna vez tenemos que cambiar las presaspor manteca de cerdo, cordones de zapatos olana, así que hay noches en las que nos vamos a lacama con los estómagos vacíos.No quiero tener hijos digo.Puede que yo sí, si no viviese aquí.Pero vives aquí le recuerdo, irritada.Olvídalo.La conversación no va bien. ¿Irnos? ¿Cómoiba a dejar a Prim, que es la única persona en elmundo a la que estoy segura de querer?Y Gale está completamente dedicado a su familia.Si no podemos irnos, ¿por qué molestarnosen hablar de eso? Y, aunque lo hiciéramos...,aunque lo hiciéramos..., ¿de dónde ha salido lode tener hijos? Entre Gale y yo nunca ha habidonada romántico.Cuando nos conocimos, yo era una niña fl acuchade doce años y, aunque él sólo era dos añosmayor, ya parecía un hombre.Nos llevó mucho tiempo hacernos amigos, dejarde regatear en cada intercambio y empezar a ayudarnosmutuamente.Además, si quiere hijos, Gale no tendráproblemas para encontrar esposa: es guapo, lobastante fuerte como para trabajar en las minasy capaz de cazar. Por la forma en que las chicassusurran cuando pasa a su lado en el colegio, estáclaro que lo desean.Me pongo celosa, pero no por lo que la gentepensaría, sino porque no es fácil encontrar buenoscompañeros de caza.¿Qué quieres hacer? le pregunto, ya quepodemos cazar, pescar o recolectar.Vamos a pescar en el lago. Así dejamos lascañas puestas mientras recolectamos en el bosque.Cogeremos algo bueno para la cena.La cena. Después de la cosecha, se supone quetodos tienen que celebrarlo, y mucha gente lohace, aliviada al saber que sus hijos se han salvadoun año más. Sin embargo, al menos dos familiascerrarán las contraventanas y las puertas, e intentaránaveriguar cómo sobrevivir a las dolorosassemanas que se avecinan.Nos va bien; los depredadores no nos hacencaso, porque hoy hay presas más fáciles y sabrosas.A última hora de la mañana tenemos una docenade peces, una bolsa de verduras y, lo mejorde todo, un buen montón de fresas.Descubrí el fresal hace unos años y a Gale sele ocurrió la idea de rodearlo de redes para evitarque se acercasen los animales.De camino a casa pasamos por el Quemador,el mercado negro que funciona en un almacénabandonado en el que antes se guardaba carbón.Cuando descubrieron un sistema más efi cazque transportaba el carbón directamente de lasminas a los trenes, el Quemador fue quedándosecon el espacio. Casi todos los negocios estáncerrados a estas horas en un día de cosecha, aunqueel mercado negro sigue bastante concurrido.Cambiamos fácilmente seis de los peces por panbueno y los otros dos por sal.Sae la Grasienta, la anciana huesuda que vendecuencos de sopa caliente preparada en un enormehervidor, nos compra la mitad de las verduras acambio de un par de trozos de parafi na. Puedeque nos hubiese ido mejor en otro sitio, pero nosesforzamos por mantener una buena relación conSae, ya que es la única que siempre está dispuestaa comprar carne de perro salvaje. A pesar de queno los cazamos a propósito, si nos atacan y matamosun par, bueno, la carne es la carne. «Una vezdentro de la sopa, puedo decir que es ternera»,dice Sae la Grasienta, guiñando un ojo.En la Veta, nadie le haría ascos a una buenapata de perro salvaje, pero los agentes de la pazque van al Quemador pueden permitirse ser unpoquito más exigentes.Una vez terminados nuestros negocios en elmercado, vamos a la puerta de atrás de la casa delalcalde para vender la mitad de las fresas, porquesabemos que le gustan especialmente y puedepermitirse el precio. La hija del alcalde, Madge,nos abre la puerta; está en mi clase del colegio.Podría pensarse que, por ser la hija del alcalde, esuna esnob, pero no, sólo es reservada, igual queyo. Como ninguna de las dos tiene un grupo deamigos, parece que casi siempre acabamos juntasen clase. Durante la comida, en las reuniones,cuando se hacen grupos para las actividades deportivas...Apenas hablamos, lo que nos va biena las dos.Hoy ha cambiado su soso uniforme del colegiopor un caro vestido blanco, y lleva el pelo rubiorecogido con un lazo rosa; la ropa de la cosecha.Bonito vestido dice Gale.Madge lo mira fi jamente, mientras intentaaveriguar si se trata de un cumplido de verdad ode una ironía. En realidad, el vestido es bonito,aunque nunca lo habría llevado un día normal.Aprieta los labios y sonríe.Bueno, tengo que estar guapa por si acaboen el Capitolio, ¿no?Ahora es Gale el que está desconcertado: ¿lodice en serio o está tomándole el pelo? Yo creoque es lo segundo.Tú no irás al Capitolio responde Gale confrialdad. Sus ojos se posan en el pequeño adornocircular que lleva en el vestido; es de oro puro,de bella factura; serviría para dar de comer a unafamilia entera durante varios meses. ¿Cuántasinscripciones puedes tener? ¿Cinco? Yo ya teníaseis con sólo doce años.No es culpa suya intervengo.No, no es culpa de nadie. Las cosas soncomo son apostilla Gale.Buena suerte, Katniss dice Madge, conrostro inexpresivo, poniéndome el dinero de lasfresas en la mano.Lo mismo digo respondo, y se cierra lapuerta.Caminamos en silencio hacia la Veta. No megusta que Gale la haya tomado con Madge, perotiene razón, por supuesto: el sistema de la cosechaes injusto y los pobres se llevan la peor parte.Te conviertes en elegible para la cosecha cuandocumples los doce años; ese año, tu nombreentra una vez en el sorteo.A los trece, dos veces; y así hasta que llegas alos dieciocho, el último año de elegibilidad, y tunombre entra en la urna siete veces.El sistema incluye a todos los ciudadanos delos doce distritos de Panem.Sin embargo, hay gato encerrado. Digamosque eres pobre y te estás muriendo de hambre,como nos pasaba a nosotras. Tienes la posibilidadde añadir tu nombre más veces a cambio deteselas; cada tesela vale por un exiguo suministroanual de cereales y aceite para una persona.También puedes hacer ese intercambio por cadamiembro de tu familia, motivo por el que, cuandoyo tenía doce años, mi nombre entró cuatroveces en el sorteo.Una porque era lo mínimo, y tres veces máspor las teselas para conseguir cereales y aceite paraPrim, mi madre y yo. De hecho, he tenido quehacer lo mismo todos los años, y las inscripcionesen el sorteo son acumulativas. Por eso, ahora, alos dieciséis años, mi nombre entrará veinte vecesen el sorteo de la cosecha.Gale, que tiene dieciocho y lleva siete añosayudando o alimentando el solo a una familia decinco, tendrá cuarenta y dos papeletas.No cuesta entender por qué se enciende conMadge, que nunca ha corrido el peligro de necesitaruna tesela. Las probabilidades de que elnombre de la chica salga elegido son muy reducidassi se comparan con las de los que vivimos enla Veta. No es imposible, pero sí poco probable y,aunque las reglas las estableció el Capitolio y nolos distritos ni, sin duda, la familia de Madge, esdifícil no sentir resentimiento hacia los que notienen que pedir teselas.Gale es consciente de que su rabia no deberíair contra Madge.Algunas veces, cuando estamos en lo más profundodel bosque, lo he oído despotricar contralas teselas, diciendo que no son más que otroinstrumento para fomentar la miseria en nuestrodistrito, una forma de sembrar el odio entrelos trabajadores hambrientos de la Veta y los queno suelen tener problemas de comida, y, así, asegurarsede que nunca confi emos los unos en losotros. «Al Capitolio le viene bien que estemos divididos», me diría, si no hubiese nadie más queyo escuchándolo, si no fuese día de cosecha, siuna chica con un alfi ler de oro y sin teselas no hubiesehecho lo que seguramente ella considerabaun comentario inofensivo.Mientras caminamos, lo miro a la cara, todavíaardiendo debajo de su expresión glacial; su irame parece inútil, aunque no se lo digo. No es queno esté de acuerdo con él, porque lo estoy, pero¿de qué sirve despotricar contra el Capitolio enmedio del bosque? No cambia nada, no hace quela situación sea más justa y no nos llena el estómago.De hecho, asusta a las posibles presas.Sin embargo, lo dejo gritar; mejor hacerlo en elbosque que en el distrito.Gale y yo nos dividimos el botín, lo que nosdeja con dos peces, un par de hogazas de buenpan, verduras, un puñado de fresas, sal, parafi nay algo de dinero para cada uno.Nos vemos en la plaza le digo.Ponte algo bonito me responde, sin humor.En casa, encuentro a mi madre y a mi hermanapreparadas para salir. Mi madre lleva unvestido elegante de sus días de boticaria y Primviste mi primer traje de cosecha: una falda y unablusa con volantes. A ella le queda un poco grande,pero mi madre se lo ha sujetado con alfi leres;aun así, la blusa se le sale de la falda por la partede atrás.Me espera una bañera llena de agua caliente.Me restriego para quitarme la tierra y el sudor delos bosques, e incluso me lavo el pelo. Veo, sorprendida,que mi madre me ha sacado uno de susencantadores vestidos, una suave cosita azul conzapatos a juego.¿Estás segura? le pregunto, porque intentoevitar seguir rechazando su ayuda.Antes estaba tan enfadada con ella que no ledejaba hacer nada por mí. Sin embargo, se tratade algo especial, porque le da mucho valor a laropa de su pasado.Claro que sí, y también me gustaría recogerteel pelo me responde. Le dejo secármelo,trenzarlo y colocármelo sobre la cabeza. Apenasme reconozco en el espejo agrietado que tenemosapoyado en la pared.Estás muy guapa dice Prim, en un susurro.Y no me parezco en nada a mí respondo.La abrazo, porque sé que las horas que nosesperan serán terribles para ella. Es su primera cosecha,aunque está lo más segura posible, ya quesu nombre sólo ha entrado una vez en la urna; nole he dejado pedir ninguna tesela. Sin embargo,está preocupada por mí, le preocupa que ocurralo inimaginable.Protejo a Prim de todas las formas que me esposible, pero nada puedo hacer contra la cosecha.La angustia que noto en el pecho siempre quemi hermana sufre amenaza con asomar a la superficie. Me doy cuenta de que se le ha salido denuevo la blusa por detrás y me obligo a mantenerla calma.Arréglate la cola, patito le digo, poniéndolede nuevo la blusa en su sitio.Cuac responde Prim, soltando una risita.Eso lo serás tú añado, riéndome también;ella es la única que puede hacerme reír así. Vamos,a comer digo, dándole un besito rápidoen la cabeza.Decidimos dejar para la cena el pescado y lasverduras, que ya se están cocinando en un estofado,y guardamos las fresas y el pan para la noche,diciéndonos que así será algo especial; de modoque bebemos la leche de la cabra de Prim, Lady,y nos comemos el pan basto que hacemos con elcereal de la tesela, aunque, de todos modos, nadietiene mucho apetito.A la una en punto nos dirigimos a la plaza. Laasistencia es obligatoria, a no ser que estés a laspuertas de la muerte. Esta noche los funcionariosrecorrerán las casas para comprobarlo. Si alguienha mentido, lo meterán en la cárcel.Es una verdadera pena que la ceremonia de lacosecha se celebre en la plaza, uno de los pocoslugares agradables del Distrito 12. La plaza estárodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobretodo si hace buen tiempo, parece que es fi esta.Sin embargo, hoy, a pesar de los banderines decolores que cuelgan de los edifi cios, se respira unambiente de tristeza. Las cámaras de televisión,encaramadas como águilas ratoneras en los tejados,sólo sirven para acentuar la sensación.La gente entra en silencio y fi cha; la cosechatambién es la oportunidad perfecta para que elCapitolio lleve la cuenta de la población. Conducena los chicos de entre doce y dieciocho años alas áreas delimitadas con cuerdas y divididas poredades, con los mayores delante y los jóvenes,como Prim, detrás. Los familiares se ponen enfi la alrededor del perímetro, todos cogidos confuerza de la mano. También hay otros, los queno tienen a nadie que perder o ya no les importa,que se cuelan entre la multitud para apostar porquiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuestapor la edad que tendrán, por si serán de la Veta ocomerciantes, o por si se derrumbarán y se echarána llorar. La mayoría se niega a hacer tratoscon los mafi osos, salvo con mucha precaución;esas mismas personas suelen ser informadores, y¿quién no ha infringido la ley alguna vez? Podríanpegarme un tiro todos los días por dedicarme ala caza furtiva, pero los apetitos de los que estánal mando me protegen; no todos pueden decir lomismo.En cualquier caso, Gale y yo estamos de acuerdoen que, si pudiéramos escoger entre morir dehambre y morir de un tiro en la cabeza, la balasería mucho más rápida.La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbicaconforme llega la gente. A pesar de sutamaño, no es lo bastante grande para dar cabidaa toda la población del Distrito 12, que es deunos ocho mil habitantes. Los que llegan los últimostienen que quedarse en las calles adyacentes,desde donde podrán ver el acontecimiento en laspantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.Me encuentro de pie, en un grupo de chicos dedieciséis años de la Veta. Intercambiamos tensossaludos con la cabeza y centramos nuestra atenciónen el escenario provisional que han construidodelante del Edifi cio de Justicia. Allí hay tres sillas,un podio y dos grandes urnas redondas de cristal,una para los chicos y otra para las chicas. Mequedo mirando los trozos de papel de la bola delas chicas: veinte de ellos tienen escrito con sumocuidado el nombre de Katniss Everdeen.Dos de las tres sillas están ocupadas por elalcalde Undersee (el padre de Madge, un hombrealto de calva incipiente) y Effi e Trinket, laacompañante del Distrito 12, recién llegada delCapitolio, con su aterradora sonrisa blanca, elpelo rosáceo y un traje verde primavera. Los dosmurmuran entre sí y miran con preocupación elasiento vacío.Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde subeal podio y empieza a leer. Es la misma historia detodos los años, en la que habla de la creación dePanem, el país que se levantó de las cenizas deun lugar antes llamado Norteamérica. Enumerala lista de desastres, las sequías, las tormentas,los incendios, los mares que subieron y se tragarongran parte de la tierra, y la brutal guerrapor hacerse con los pocos recursos que quedaron.El resultado fue Panem, un reluciente Capitoliorodeado por trece distritos, que llevó la paz y laprosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaronlos Días Oscuros, la rebelión de los distritos contrael Capitolio.Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron aldecimotercero. El Tratado de la Traición nos diounas nuevas leyes para garantizar la paz y, comorecordatorio anual de que los Días Oscuros nodeben volver a repetirse, nos dio también los Juegosdel Hambre.Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas:en castigo por la rebelión, cada uno de losdoce distritos debe entregar a un chico y una chica,llamados tributos, para que participen. Losveinticuatro tributos se encierran en un enormeestadio al aire libre en la que puede haber cualquiercosa, desde un desierto abrasador hasta unpáramo helado. Una vez dentro, los competidorestienen que luchar a muerte durante un periodode varias semanas; el que quede vivo, gana.Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlosa matarse entre ellos mientras los demás observamos;así nos recuerda el Capitolio que estamoscompletamente a su merced, y que tendríamos muypocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión.Da igual las palabras que utilicen, porque elverdadero mensaje queda claro: «Mirad cómonos llevamos a vuestros hijos y los sacrifi camossin que podáis hacer nada al respecto. Si levantáisun solo dedo, os destrozaremos a todos, igual quehicimos con el Distrito 13».Para que resulte humillante además de unatortura, el Capitolio exige que tratemos los Juegosdel Hambre como una festividad, un acontecimientodeportivo en el que los distritos compitenentre sí. Al último tributo vivo se le recompensacon una vida fácil, y su distrito recibe premios,sobre todo comida. El Capitolio regala cereales yaceite al distrito ganador durante todo el año, eincluso algunos manjares como azúcar, mientrasel resto de nosotros luchamos por no morir dehambre.Es el momento de arrepentirse, y tambiénde dar gracias recita el alcalde.Después lee la lista de los habitantes del Distrito12 que han ganado en anteriores ediciones.En setenta y cuatro años hemos tenido exactamentedos, y sólo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy,un barrigón de mediana edad que, en estosmomentos, aparece berreando algo ininteligible,se tambalea en el escenario y se deja caer sobre latercera silla. Está borracho, y mucho. La multitudresponde con su aplauso protocolario, pero elhombre está aturdido e intenta darle un gran abrazoa Effi e Trinket, que apenas consigue zafarse.El alcalde parece angustiado. Como todo setelevisa en directo, ahora mismo el Distrito 12es el hazmerreír de Panem, y él lo sabe. Intentadevolver rápidamente la atención a la cosechapresentando a Effi e Trinket.La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre,sube a trote ligero al podio y saluda con suhabitual:¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerteesté siempre, siempre de vuestra parte!Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tienelos rizos algo torcidos después de su encuentrocon Haymitch. Empieza a hablar sobre el honorque supone estar allí, aunque todos saben lo muchoque desea una promoción a un distrito mejor,con ganadores de verdad, en vez de borrachosque te acosan delante de todo el país.Localizo a Gale entre la multitud, y él medevuelve la mirada con la sombra de una sonrisaen los labios. Para ser una cosecha, al menosestaba resultando un poquito divertida. Pero,de repente, empiezo a pensar en Gale y en lascuarenta y dos veces que aparece su nombre enesa gran bola de cristal, y en cómo la suerte noestá siempre de su parte, sobre todo comparadocon muchos de los chicos. Y quizá él esté pensandolo mismo sobre mí, porque se pone serio yaparta la vista.«No te preocupes, hay mil papeletas», desearíapoder decirle.Ha llegado el momento del sorteo. Effi eTrinket dice lo de siempre, «¡las damas primero!»,y se acerca a la urna de cristal con los nombres delas chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca untrozo de papel. La multitud contiene el aliento,se podría oír un alfi ler caer, y yo empiezo a sentirnáuseas y a desear desesperadamente que no seayo, que no sea yo, que no sea yo.Effi e Trinket vuelve al podio, alisa el trozo depapel y lee el nombre con voz clara; y no soy yo.Es Primrose Everdeen.
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